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La Navidad Recuerdo, Esperanza y Realidad / Por Monseñor Martín Dávila

Nacimiento

Queridos hermanos en Cristo:

MIÉRCOLES 27 DE DICIEMBRE DE 2017
21:53

No cabe duda que la Navidad es una fiesta de recuerdo.

Y no solamente porque cada Navidad —las que alegraron la infancia,candorosa y crédula, y las que vinieron más tarde en la juventud, en la edad madura y quizás en la ancianidad—ha perfumado nuestro corazón con una fragancia exquisita; sino porque, al retornar esta fiesta cada año, toda esa serie de recuerdos se despiertan con su mágica combinación y embriagan nuestra alma con una añoranza dulcísima.

Pero, sobre todo, porque es el recuerdo de aquella primera Navidad, de aquella primera Nochebuena en que Jesús apareció en este mundo, en una noche fría de Belén, bajo el cielo estrellado de Oriente.

Dios, en el curso de los siglos, se había dignado alguna vez manifestarse a los hombres. Primero, se apareció a nuestros primeros Padres bajo los árboles frondosos del paraíso y converso con ellos familiarmente.

Y también, Abraham, el padre de los creyentes, recibió, en el valle de Mambré, tal vez la primera revelación trinitaria de Dios.

Y a Moisés se le manifestó en lo alto de la montaña humeante, en medio de relámpagos y truenos, en la teofanía terrorífica del Sinaí.

Pero estas manifestaciones de Dios, estas teofanías, sólo las recibieron personajes privilegiados: fueron rarísimas y al mismo tiempo fugaces y pasajeras.

Mas, cuando “se cumplieron los tiempos” apareció sobre la tierra Jesús, la gran teofanía o manifestación, no hecha a unos cuantos personajes, sino a todo el género humano; no pasajera, sino permanente, hasta la consumación de los siglos.

Siendo ésta, no es la manifestación del Dios Creador y omnipotente, del Dios de majestad infinita ante el cual se estremecen y tiemblan las Potestades del cielo; sino el Dios todo amor, y misericordia, y compasión, y ternura infinita.

Al contemplar San Pablo el Misterio de Belén, exclama: “Apparuit gratia Dei” ¡la gracia, la benevolencia, la misericordia de Dios ha aparecido sobre la tierra! “Apparuit benignitas et humanitas” ¿la bondad, la compasión, la indulgencia de nuestro Dios es Jesús, nuestro Salvador!

¿Qué cosa más graciosa y más encantadora que un niño? ¡Y esa es forma que Dios escoge para hacer a los hombres su revelación definitiva!

¡Jesús, el Niño débil de Belén; Jesús, el carpintero de Nazareth; Jesús, el “varón de dolores” de la Pasión, el crucificado del Calvario, es la gran Teofanía, la suprema manifestación de Dios sobre la tierra! oh ¡Insondable misterio!

Y esta manifestación de Dios no es transitoria, sino permanente; porque Jesús, no se dejó ver tan sólo de María y de José, de los pastores y de los mago, ni sólo de los dichosos habitantes de Palestina, de sus contemporáneos y compatriotas; no, Jesús es una revelación universal de la que pueden gozar todos los hombres hasta el fin de los tiempos.

Jesús nos prometió que estaría con nosotros todos los días de nuestra peregrinación sobre la tierra, hasta la consumación de los siglos. Y esta promesa la realizó por la Eucaristía.

Por eso la Navidad no sólo es el recuerdo de un hecho que pasó hace veinte siglos, es también la realidad de un hecho constante y perenne. Porque, acaso ¿El Jesús que hace veinte siglos nació en Belén no es el mismo Jesús que nace todos los días en el altar por la Santa Misa? ¿no es el mismo que nace todos los días en nuestro corazón por la comunión eucarística?

La Iglesia llama a Jesús, “Oriens”, el que nace, porque siempre está naciendo; nace siempre, como Dios, del seno del Padre “en los esplendores de la santidad”; nació hace veinte siglos, como hombre, del seno de la Virgen Purísima; nace siempre en las almas, como Dios y como hombre, por el misterio de la gracia y sobre todo por la Eucaristía.

Es por eso, que esta fiesta no sólo es un recuerdo y una realidad; es también una esperanza.

Sin duda que por la Eucaristía poseemos ya a Jesús; pero es un Jesús velado y oculto. Cada día es Nochebuena en nuestra alma; pero noche al fin, noche de la fe, de sombras de misterio.

Qué, Acaso ¿aquél que ama a Jesús no anhela contemplar la hermosura de su rostro y bañarse en la dulcedumbre de su mirada? O ¿Quién que ame a Dios no ansía sumergirse en ese océano de luz, de paz, de gozo, de amor, de dicha infinita?

Esa dicha y ventura será nuestra, y la prenda segura de que la poseeremos es también la Hostia Santa. Ya que nos ha dicho Jesucristo Nuestro Señor: “El que coma mi carne y beba mi sangre vivirá eternamente”.

He ahí, por tanto, cómo esta fiesta de Navidad es un recuerdo, una realidad y una esperanza.

El recuerdo de la primera Navidad en qué Jesús apareció en el mundo; la realidad de esta Navidad perenne por la que Jesús nace todos los días en los altares de piedra y en los altares vivientes de nuestros corazones; y la esperanza de que algún día celebraremos, no las navidades efímeras de la tierra, sino la Navidad eterna del cielo.

Por lo mismo. ¡Alegrémonos, pues, y regocijémonos; que las campanas toquen la gloria, que los cánticos celestiales resuenen por todas partes y que el torrente de paz qué brotó de la cuna Belén inunde nuestras almas y vaya a perderse en el océano de gozo infinito que es Dios!

Por último, queridos hermanos, estos son mis grandes deseos, en esta Navidad para todos mis fieles, mis lectores y a todos hombres de buena fe.

Gran parte de este escrito fue tomado del libro. “Navidad” del padre J. G. Treviño M. Sp. S.

Sinceramente en Cristo

Mons. Martín Dávila Gándara

Obispo en Misiones

Sus Comentarios a obmdavila@yahoo.com.mx

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