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Gozo espiritual por la Resurrección de Jesucristo / Por Mons. Dávila

Gozo espiritual por la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo

Miremos a Jesús salir del sepulcro alegrando a toda la naturaleza. Los cielos destilan leche y miel; saltan de gozo los montes y collados; el sol y los astros brillan con luz más esplendorosa. Por lo mismo, pidamos participar de esa alegría, y que la gloria de Jesús resucitado se refleje en nuestra alma.

Por: Redacción 21 Abril 2019 16 01

Motivos de alegría

Consideremos que este gloriosísimo misterio debe ser para toda alma amante de Jesús motivo de inefable alegría. Ver a Jesús triunfador de la muerte y del pecado; verle coronado por su Eterno Padre con corona de infinita grandeza y de gloria imperecedera; por lo mismo debemos considerar cómo, pasada la tempestad, ha llegado para Él el día eterno de la felicidad sin fin; todos estos son motivos de inefable alegría para los corazones cristianos.

Canta hoy la Iglesia el Haec dies. Este es el día que hizo el Señor; alegrémonos y regocijémonos en él, decía el profeta David. Este es el día que hizo Dios de un modo especial, porque en él se manifestó al mundo la divinidad de su Hijo por medio de su resurrección gloriosa.

Por eso en este día dichosamente, también el mismo real profeta, dice el Eterno Padre a Jesucristo: Tú eres mi Hijo; hoy te engendrado. Porque, aunque el Verbo de Dios fue engendrado por el Padre desde toda la eternidad en medio de resplandores de santidad.

Este día, por medio de su resurrección, obra maestra del poder de Dios, el Padre lo presentó y lo hizo adorar y reconocer en cuanto a Dios y hombre como Unigénito suyo y Hombre-Dios, por los ángeles y los hombres, para que toda rodilla se doble ante Él en los cielos, en la tierra y en los abismos.

Motivo es, además, de alegría por ser la resurrección de Cristo modelo y prenda de la nuestra. Lo cual no es simplemente una piadosa creencia, sino una verdad de fe. Sabed, dice el apóstol, que Aquel que ha resucitado Jesús, nos resucitará también con Jesús, y seremos glorificados con Él, y reinaremos con Él.

Con este pensamiento, la muerte ya no es muerte; ha perdido su aguijón y su amargura, y debe ser para nosotros motivo de consuelo y de esperanza.

Grabemos profundamente este pensamiento en nuestra mente; que esté siempre presente en ella, y la tristeza ya no se apoderará jamás de nuestra alma. En todos nuestros trabajos, ya sean del espíritu o del cuerpo, digamos con aliento y alegría.

Digamos. Creemos en la resurrección de la carne, y en la vida perdurable. Creemos que mientras más hayamos sufrido y trabajado por Jesucristo, más gozaremos con El en el cielo, y ante esta idea toda nube de tristeza se disipará, como se disipa la nube ante los rayos del sol.

Alegría de los buenos y malos

Consideremos que es propio de las almas buenas el alegrarse siempre porque tienen tranquila la conciencia, que, como dice el sabio, es un banquete perenne; porque tiene siempre a Dios en el corazón, el cual es un manantial inagotable de consolación; porque viven siempre en su presencia, lo cual hace un paraíso y un cielo de la tierra.

También, porque se hallan bajo la protección divina, lo que las llena de paz y de seguridad; porque reciben continuos testimonios de la bondad de Dios con los regalos que les hace; porque descubren señales consoladoras de su predestinación, lo cual produce en su corazón una sincera alegría.

¿De dónde viene, pues, que nosotros estemos tristes? ¿Dudamos, acaso de la bondad divina, de su amor, del precio y valor de la sangre de su Hijo? ¿Creemos que querrá condenarnos habiéndole sido tan costosa nuestra salvación, por ella ha sacrificado a su Hijo único?

En cambio, la alegría de los pecadores es falsa y aparente; es vana, loca y superficial; no pasa de los sentidos; va mezclada de muchas penas; no es duradera y produce lágrimas y gemidos eternos. O, acaso ¿Hemos encontrado una verdadera alegría en las criaturas? ¿la hemos encontrado en el pecado?

Por lo mismo, exclamemos: ¡Oh Dios mío, Tú lo has dispuesto de esta manera para que el pecador halle en su pecado la pena de su culpa!

Por lo tanto. Consideremos luego que, aunque es verdad que los buenos son afligidos en este mundo, pero en sus aflicciones viven contentos, porque entonces es cuando Dios les da pruebas sensibles de su amor, y ellos acreditan a Dios su fidelidad.

No se conoce el amigo en la prosperidad, sino en la adversidad y persecución. Dios, para probar a sus siervos, los conduce por los caminos de la tribulación, pero luego que ha experimentado su amor y su fidelidad, los hincha de alegría y llegan a exclamar, no pudiendo ya con tantos consuelos, como San Francisco Javier: “Basta Dios mío, basta”. O como los apóstoles, van gozosos porque han sido hallados dignos de su sufrir afrentas por el nombre de Jesús.

¡Y qué mayor honra que sufrir alguna cosa por amor de Jesucristo! ¡Qué consolación más dulce que tener prendas de nuestra salvación, participando de las penas de Nuestro Señor!

Acaso ¿Nosotros somos siervos de Jesucristo, nosotros, que nos quejamos y nos consideramos desgraciados cuando nos sucede alguna cosa adversa?

Condiciones para poseer el gozo espiritual

Para poseer el este gozo espiritual es necesario tener buena conciencia, y que corazón esté desprendido de las criaturas, porque su pérdida aflige al que mucho las ama. Es necesario, además, que nos abandonemos a la divina voluntad; que no deseemos con ansia cosa alguna, sino que estemos indiferentes a todo lo creado.

Debemos también huir de las diversiones mundanas, no buscar la satisfacción de los sentidos, porque el deleite sensible extingue la alegría espiritual, y, en fin, debemos pensar siempre en Dios, en los beneficios que nos ha dispensado y en los que nos prepara en la eternidad.

Además, siendo Dios la causa del gozo espiritual, esta dicha se encuentra donde se encuentra a Dios, en la oración y trato íntimo con Él. Si queremos, por tanto, gozar esta alegría, Vivamos con Dios y con nosotros mismos; con los demás, sólo por Dios y para cumplir exactamente nuestros deberes.

Consideremos, por último, que la alegría de los buenos honra a dios, porque muestran con su contento que sirven a un Señor bueno, dulce y amable, y así atraen a otros a su servicio, pues es natural amar la alegría tanto como la misma vida.

Búscanla los pecadores en el contentamiento de sus pasiones, y como no la encuentran en el servicio de esos señores tan crueles, se acogen, al ver la alegría y la paz de los justos, al partido de los que viven a su vista, sirviendo a Dios tan alegres y satisfechos.

Un siervo de Dios que está triste y con pesar deshonra a su Señor, desacredita a su servicio, inspira horror a la devoción y desprecio a la virtud, haciendo creer a los mundanos que el yugo de Cristo es insoportable, y que se gana más servir al demonio que a Dios.

¿Qué nos falta, siendo siervos perezosos e infieles? ¿qué es lo que nos causa más tristeza? ¿Servimos acaso a un villano? ¿No basta Dios para hacernos felices? ¿Quién podrá satisfacernos si Dios no nos satisface?

Por lo mismo, supliquemos al Señor: ¡Dios mío, danos a gustar la paz y la alegría de las almas que te aman y sirven de veras! Que te seamos fieles en lo grande y en los pequeño, para que merezcamos oír de tu boca: “Entra en el gozo de tu Señor”.

Ya que bien sabemos que el camino de esa alegría que el mundo ignora es vivir contigo en la cruz y no bajar de ella hasta después de la muerte. Danos, Jesús de nuestra alma, gracia y fuerza para hacerlo así y acompañarte en al cruz, en el sepulcro y en la resurrección.

Por último. Hagamos el propósito de practicar la sentencia del apóstol San Pablo: “Alegraos siempre en el Señor; otra vez os digo, alegraos”. Pero procuremos que nuestra alegría sea la de los santos y rectos de corazón, no la alegría loca y efímera de los mundanos.

 

Sinceramente en Cristo

 

Mons. Martín Dávila Gándara

Obispo en Misiones

Sus comentarios a obmdavila@yahoo.com.mx



 

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